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domingo, 24 de octubre de 2010

El Café Tortoni o "Café para Reyes"

Entre las enmarcadas paredes y junto a las mesas de roble y mármol verde del café se sentaron Alfonsina Storni, Bentino Quinquela Martín, Carlos Gardel, Federico García Lorca, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, El Rey Juan Carlos de Borbon, Juan Manuel Serrat, Atahualpa Yupanqui y Hillary Clinton.

El Café es el más antiguo de la cCiudad y todavía sigue en funcionamiento. Las mesas de marmol y madera, las fotos viejas en las paredes, su menú tradicional, los mozos y la clientela porteña lo convierten en el arquetipo del bar de Buenos Aires.

En la actualidad sigue siendo un lugar de difusión cultural y turismo por excelencia; se encuentra en Av. de Mayo 825.

El Museo Penitenciario


El Museo Penitenciario Argentino Antonio Ballvé es una institución dedicada a coleccionar, preservar, estudiar y comunicar el acervo histórico, social y cultural de la actividad penitenciaria federal.

*Lleva el nombre de quien fuera el director de la Penitenciaría Nacional junto a José Ingenieros y está ubicado en el edificio construido en 1760 por el arquitecto Antonio Masella para la Casa de Ejercicios Espirituales de los jesuitas instalados en la vecina Iglesia de San Pedro Telmo.

*El predio fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1982.
 
El edificio del Museo Penitenciario Antonio Ballvé guarda la historia de monjes jesuitas, meretrices, religiosos Bethlemitas, depósitos cerealeros, monjas guardia cárceles, el secreto del apodo de “La Raulito”, detenidas del asilo correccional de mujeres, pasando por la historia de San Martín como penitenciario, hasta objetos de requisas.



El lugar donde funciona hoy el Museo Penitenciario Antonio Ballvé (Humberto I 378, al lado de la Iglesia San Pedro González Telmo) y la Academia Superior de Estudios Penitenciarios, es uno de los ejemplos de arquitectura colonial más intactos del Casco Histórico de Buenos Aires y un repositorio profundo de la historia de San Telmo.
Quienes tuvieron la suerte de ver su amplio patio interno y sus largas arcadas blancas, saben que este sitio es una especie de cápsula del tiempo donde uno siente los fantasmas del pasado moviéndose entre las sombras y salones.
El terreno que hoy ocupa el museo era parte del complejo jesuítico de La Iglesia de San Pedro González Temo (anteriormente La Iglesia de Nuestra Señora de Belén), que fue formalmente cedido por el Cabildo a los monjes jesuitas, quienes tenían su centro administrativo en la Manzana de las Luces.
En el año 1735, las dos manzanas que abarcan desde la calle Defensa a Balcarce y desde Balcarce a la actual Paseo Colón (que en esa época era la orilla del Riachuelo) fueron convertidos por ellos en la iglesia y su escuela. Quince años después, terminaron de construir una casa de retiro espiritual para hombres, y el conjunto fue conocido durante mucho tiempo como “La Residencia”. La iglesia de San Pedro González Telmo era parte del complejo jesuita de América del Sur y, cuando fueron expulsados por orden del Rey Carlos III en 1767, fue allí donde se concentraron muchos para partir del continente.
En 1795 se establecieron los padres Betlehemitas, quienes mantuvieron un hospital en el sitio, hasta que unos años más tarde se convirtió en la casa de las meretrices: “mujeres de vida disipada”, explica el director del Museo, Alcalde Mayor y museólogo Horacio Benegas. “Venían acá presas, las guardaban acá, pero eso no duró mucho”.

La Casa Mínima


La Casa Mínima se encuentra en el Pasaje San Lorenzo, en el barrio de San Telmo. Lleva escrita en sus paredes una peculiar historia de negros esclavos y sus vivencias en el Río de la Plata.
Esta vivienda, ubicada en el 380 del Pasaje, es la más angosta que conserva la ciudad de Buenos Aires, su frente no alcanza los 2,50 metros de ancho. Tiene una fachada exterior lisa, con una pequeña entrada y una puerta pintada de verde atravesada por una cerradura de hierro. En la planta superior asoma un balconcito con barrotes verticales de hierro, desde donde se esconde una ventana de dos hojas simétricas y dos cortinas iguales pliegue a pliegue. Por sobre la cornisa aparecen algunas plantas que dejan ver a los cimientos a través de los viejos y descascarados materiales. Se calcula que es de principios del siglo XIX, y junto con la casa de María Josefa Escurra, en Alsina 455/63, son los dos únicos ejemplos de arquitectura civil de ese tiempo.

Al igual que en el resto del mundo occidental, en la Argentina del siglo XVII el tráfico de esclavos negros fue un próspero negocio que ejercían las familias ricas para utilizarlos como mano de obra barata en el campo apreciados por sus aptitudes físicas, o simplemente se los empleaba, en el caso de las mujeres, para realizar tareas domésticas en las casas.
El 25 de Mayo de 1812, el Triunvirato decretó la prohibición del comercio de esclavos dentro del territorio de las Provincias Unidas. Un año mas tarde se declaró la «libertad de vientres» por lo que los hijos de esclavas nacidos después de dicha fecha fueron hombres libres.
La transformación del estatuto de los esclavos, que pasaron a ser "libertos», condujo a la separación entre estos y sus amos generando la necesidad para los negros de procurarse una vivienda. Es aquí, donde comienza la historia de la Casa Mínima. Según la leyenda popular, esta vivienda perteneció a un esclavo a quien le fueron devueltos sus derechos con la abolición de la esclavitud, pero al ser solamente un «liberto» le correspondió una parcela pequeña.
Pero el arquitecto José María Peña, director del Museo de la Ciudad, tiene una versión diferente. Dice que entre los años 1860 y 1872, Pedro Beare, levantó un Plano Catastro de la Ciudad, el cual no sólo ilustra sobre el nombre de los propietarios de los distintos terrenos, sino que también muestra la dimensión de los solares y las construcciones levantadas en ellos. En la parte correspondiente a la cortada de San Lorenzo, aparece la señora Magdalena Buthner, como propietaria de la parcela señalada en el plano con el nº 111, con una extensión de 16 metros de frente por 17 de fondo. Es en este terreno donde actualmente se halla la Casa Mínima. A partir de estos datos, Peña tiende a pensar que el problema del esclavo «liberto» se resolvió con la concesión por parte de los propietarios de una parcela reducida de sus terrenos a su antiguo sirviente. Según esta interpretación, la Casa Mínima nunca habría sido independiente, sino sería parte de una propiedad mayor.
Según la revista Buenos Aires nos cuenta, «en general estas casas de reducidas proporciones eran para los esclavos "libertos" a quienes sus antiguos dueños les asignaban, dentro de su propiedad, un espacio reducido para que levantaran sus viviendas de hombres libres». Pero, cuando los «libertos» fallecían, la propiedad volvía a sus dueños originales.
Como quiera que haya sido, la Casa Mínima es un recordatorio arquitectónico de un pasado en que la negritud formó parte de la realidad porteña.